Los intelectuales y el odio


“¿La Iglesia ha contribuido eficazmente a la disminución de los pobres? Los grandes discursos evangélicos dicen amar a los pobres, pero ese sabor de salvación a través del amor no necesariamente se transforma en vías activas para acabar con la pobreza, sino muchas veces para fomentar una forma táctica del espíritu, una ‘piedad profesional’ para atacar por izquierda a gobiernos indigeribles para ellos.”



Hace tiempo que el país –entre sus múltiples debates– está volcado con atención a definir qué clase de sentimientos son apropiados para el compromiso político. Hay una postura de circulación profusa que se luce en este tema. Nos dice que lo mejor es la moderación de las pasiones, evitar hechos que sean vistos como propios de la crispación. Esta palabreja hace tiempo se convirtió en un concepto de aceptación general. Se corresponde con la ética global de los medios masivos de comunicación, que han hipertrofiado la idea universal de la sublimación del entusiasmo político. Pero verdaderamente nadie precisa una lección de esa índole. Digo algo que parecerá atrevido: desde tiempos remotos se interpreta la vida social mucho más a la luz de la circunspección de las pasiones que de su sobresalto. Esto no debe asombrarnos. Se trata quizá de la tradición mayor de la política, tanto del liberalismo moderno, de los populismos esclarecidos o de los socialismos populares. No en vano nuestros maestros, los griegos, propusieron el género trágico como movimiento teatral colectivo para permitir que las pasiones se decanten en un acto de la imaginación social compartida. Llamaron catarsis a ese acto, dándole un nombre asombroso y perdurable. Querían decir que para obtener el aquietamiento pasional, éste debía pasar por la conmoción de una conciencia crítica. Revisión crítica de las pasiones, sí señor, pero con éstas haciendo su trabajo real en el sujeto, disponiéndolo al conocimiento para la acción. Haciendo sujetos conmovidos, no crispados, como quiere hoy la prensa realmente exaltada.

Doy mi opinión sobre los que buscan hasta en la sopa a los promotores del odio. No solamente son olvidadizos de su propia capacidad para auspiciarlo, ignorando que cada uno es un eslabón de una cadena que no se sabe quién inició. ¿Es importante examinar el mítico origen del rencor? No, lo importante es que no se pase por alto la existencia de la catarsis. Que no se pase por alto el lenguaje que trabaja sobre sí mismo para encontrar finalmente la expresión real de lo que se siente. Al hacer ese trabajo el lenguaje parecerá alzado, hostil, pero es porque se demora revisando las piezas íntimas que lanzará al ruedo. Las sopesa, las afila, las alivia, las atusa, las perfecciona, las sujeta. La singularidad de este momento que vive el país radica en que, por primera vez en la historia moderna argentina, se dispone de un lenguaje para discutir sobre el lenguaje en el cual se discute. No estamos exasperados, no odiamos, no maldecimos, no nos burlamos, no nos reímos, no nos crispamos. Sólo se trata de averiguar, en una tarea a la que la política no debe ser ajena, la propia capacidad de conmoción. Lo que está en pleno debate en esta época, como hace tantos siglos, es la naturaleza de la catarsis. La catarsis es el estilo mismo de pasaje de la conmoción a la acción, del pánico a la reparación. Seremos ese estilo si finalmente lo descubrimos. Estilo que puede guiar las consideraciones sobre las pasiones políticas para evitar que en forma simplista se diga que hay que condenar al que odia. O bien que se expresen fórmulas odiosas vestidas de supuesta civilidad. Esto último fue la argucia de los dominadores clásicos, y hoy la es de los poderes tradicionales insensibles, mostrándose preocupados por la pobreza. Una filantropía de derecha que parece retomar temas de izquierda representa lo que imaginan como estocada final al gobierno.

¿Por qué es tan fácil esta tortuosa maniobra espiritual? No se trata necesariamente de mirar reconocibles hábitos de la Iglesia, sino de las oligarquías tradicionales o de las tecnocracias globalizadas, que heredan el concepto evangélico de la pobreza, sea para secularizarlo por medio de encuestas sociológicas, sea para recrear una nueva clase caritativa de capitanes de autocracias e imperios. En cuanto a la Iglesia –escuchemos, en especial, el tono alegorizante de los discursos de Bergoglio, cargados de una gazmoña voracidad populista y de no muy encubiertas intenciones de actualidad– en sus propios pliegues multiseculares está hundida la cuestión del pobre y su redención. ¿La Iglesia ha contribuido eficazmente a la disminución de los pobres? Los grandes discursos evangélicos dicen amar a los pobres, pero ese sabor de salvación a través del amor no necesariamente se transforma en vías activas para acabar con la pobreza sino muchas veces para fomentar una forma táctica del espíritu, una “piedad profesional” para atacar por izquierda a gobiernos indigeribles para ellos.

En su influyente fábula del Gran Inquisidor, Dostoievski examina esta paradoja fundante del cristianismo. La gran novedad cristiana era la de salvar a los humillados y los pobres, para lo cual había que construir la Institución de fe. Cuando se impone la Institución y para interrogarla vuelve Cristo –la historia transcurre hacia el año 1600 en Sevilla y puede leérsela en Los hermanos Karamazov–, el obispo del lugar, al comprobar que es efectivamente su cuerpo místico el que tiene frente a sí, se prepara para mandarlo a la hoguera. La Institución no podía permitir que “tuviera razón” Cristo al volver al mundo para preguntar nuevamente qué se había hecho por los ofendidos y los carentes. Se había hecho mucho, se los había protegido, pero a costa de exigirles mansedumbre. Cristo, el fundador, no lo entendería. La Institución que había fundado debía enviarlo nuevamente al sacrificio o bien olvidarlo para siempre. Debía seguir hablando en nombre del César como si hablase en nombre de Dios. Sobre este nudo dramático deberían reflexionar Ratzinger y Bergoglio, en vez de dar lecciones de buenos sentimientos. Cuando el primero asumió el papado se enfrascó en una discusión con Jürgen Habermas donde dobló la apuesta iluminista del filósofo alemán, y dio una taimada versión conservadora de un interculturalismo ilustrado, apto para convertirse en acompañante tolerado de una fe religiosa modesta, la de los intelectuales. Pero en esta discusión no se mostró el verdadero Ratzinger. Podríamos considerarlo un neoestructuralista de derecha, si nos podemos expresar así, pues en su idea de que la estructura del mundo replica el cuerpo místico de Cristo, no deja lugar para interculturalismos ni misticismos, ni descubrimientos del drama de la razón frente a la fe y viceversa. Ya que leyó a Habermas, que lea a Dostoievski.

En el momento en que alguien dice que se escandaliza por la pobreza, no es seguro que no esté odiando. Oigamos el modo pastoral en que se vehiculiza en nuestros días esta reflexión. Ahí no se escucha odio, pero tampoco se escucha la labor de la expresión conmovida para extraer de las pasiones su carácter operativo, civilmente responsable. Los lenguajes papales, por no provenir de la cultura helénica, ignoran justamente la fuerza creadora de la catarsis. Al evitar las paradojas creadoras –señorear las pasiones para poder reconocerlas– sólo se quedan con el idioma plano de la catequesis. En efecto, el lenguaje papal –no de este u otro Papa, sino de la institución misma desde la que se lo ejerce– es un lenguaje despojado de aristas tempestuosas y emana sin repulgues. No muestra vestigios de odio porque su método de exteriorización lineal es imperativo. No consigue escapar así de un a priori indemostrable. Pues ¿cómo sabemos si esa conciencia es auténtica en su preocupación? No lo sabemos, pero se dirá que un Papa no está obligado a ser un místico de las creencias, un Tomás de Kempis o un Mester Eckart, ni creer en las corrientes subterráneas de la conciencia. En los místicos, como es evidente, solamente hay ese trabajo de la conciencia con algo que el lenguaje no consigue decir. Por eso se llena de metáforas extemporáneas, muchas veces de amor licencioso y refinado odio. Son grandes acciones de descubrimiento engarzadas en el método de la catarsis. Este método, compañeros, es coincidente con la formación de militancias sociales democráticas en las grandes sociedades tomadas por el miedo insolidario y la existencia desolada.

La cuestión de la pobreza parte de una paradoja milenaria. Los credos elaborados para luchar contra la pobreza, el de la Iglesia o el de los populismos de los siglos XIX y XX, encarnan la paradoja de que deberían actuar para extinguir un fenómeno doliente del que, sin embargo, salen sus fervores militantes, sus sostenes humanos y sus virtudes caritativas. La doble vía laica y teológica de esta paradoja se traduce en los esfuerzos del evangelizador para darle catadura humana a sus redimidos y del populista por hacer del pueblo no una clientela ni una mesnada sino la sede de un acto emancipador. De ahí la suspicacia: ¿el triunfo del evangelismo no implicaría la desaparición del milenario evangelizador y la extinción de la pobreza la desaparición del político populista con sus votantes fijos convertidos en supuestos ciudadanos autoconscientes? Sobre todo el populista, en su problemática versión clientelista, se encontraría con la contradicción suprema de su accionar. Estaría trabajando para generar las condiciones de su propia extinción, pues ni él ni el evangelista podrían decir lo que se animó a escribir Marx como solución al mismo dilema: desaparecido el régimen de clases, desaparecía asimismo el proletariado que impulsó a esa desaparición.

Ciertamente, esta tranquila resolución dialéctica no pudo mostrar sus primicias en el mundo moderno y tampoco evitó mostrar Instituciones que proclamaban la fórmula para deshacerse de un mal que comenzaba también a contenerlos. Uno de los legados del laico y perspicaz sociólogo Pierre Bourdieu –que se lee en su libro colectivo La miseria del mundo– es que la encuesta es un ejercicio espiritual. Cuando decimos, como dijo la Presidenta días pasados, para desatar el nudo de las encuestas que “miden” pobreza, y ante la urgencia humana que brota del pantano argentino, que hay que emplear el término inequidad –que, sin duda, es más “sociológico”, así como pobreza es nítidamente “evangélico” y justicia social es más “estatista”–, podemos afirmar que la política nacional llegó finalmente a la busca final de sus palabras. ¿Quiénes resolverán mejor la cuestión, los que no tienen miedo a forjar conceptos ponderados para las máximas vehemencias o los que ven odio solamente afuera de sus conciencias, aunque activan herramientas permanentes de descalificación? Quizá no podamos decir que haya tales o cuales intelectuales en un país. Hay sí un nudo irresuelto de carácter intelectual que implica pensamientos operantes que son “ejercicios espirituales”, aunque se trate de una política social o una pregunta de encuestador. No lo resolverán quienes lo nieguen, sino quienes lo sometan a la crítica de una conciencia constructiva, que sepa reelaborarlos como justicia colectiva.


Horacio González
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Cristina Fernández tiene suerte


Es una suerte y una gracia política que haya tanto afán para que el gobierno de Cristina Fernández continúe su mandato. Y que la presidenta al despertarse en Olivos reciba esa energía positiva y optimista que la sociedad emite cada día. La de ciudadanas y ciudadanos que se contienen de injuriarla y de convertirla en objeto de desprecio. Cuánto respeto. Pertenecer al género mujer la beneficia.


Desde los vergeles de la patria y desde los púlpitos, y desde la mesa de los almuerzos antediluvianos, y desde cada micrófono, se escuchan palabras de simpatía, conciliación y prudencia. La gente -palabra, concepto oblicuo en que se amontona a un sinfín de sujetos movidos por pasiones e intereses distintos- “la gente”, insisto, sabe reprimir mansamente sus urgencias individuales y vecinales para aspirar a una Argentina unida y sin pobreza. Unida en una hipotética geografía neutra donde los pobres sean felices sin que los ricos paguen ningún costo. Donde cada cual elija: o vivir en La Horqueta o en la zanja. Ir al hospital o a la clínica privadísima. No hay egoísmos.

El que más tiene sufre por el que no tiene y si el Estado se olvida de cobrarles impuestos se denuncian a si mismos y van a la ventanilla de la AFIP a pagar de más espontáneamente. Y es gracias a ese impulso justo y solidario y para que la pobreza no exista, que están el poder de la Iglesia, está el ruralismo filantrópico y están los esmeriladores de post grado. Especialistas en papel de lija y en escoplo que tienen tan buena memoria después del 2001 y que han adquirido una sensatez terapéutica. Antes esmerilaban con la cimitarra a la vista y sin anestesia y ahora esmerilan con cloroformo y camouflados entre los propios esmerilados, que a veces no se dan cuenta.


Suerte que la presidenta tiene la suerte de la oposición fraterna. Sea la que volvió algo morada de su regreso de Disney World, o la que recién salió mateada de la exposición agraria o la que pertenece a ese limbo del goteo puro sin política. Algunos tienen el mérito patriótico de desear, pero de no poder consumar lo que desean que le pase al Gobierno. Se esfuerzan en controlarse: sobre todo quienes se nutren de la adicción ya incurable de la suntuaria apropiación de la renta. Pero se cuidan de que no les salga espuma de potro ni de vaca por la boca. Y furtivamente se limpian las comisuras.

Y a pesar de que la presidenta está con la cabeza más cerca del espejo y del set de maquillaje que de las facturas de gas, no se la condena con infundios y malicias y sin pruebas. Al contrario: se espera constructivamente que gobierne a todos y no a ellos solamente. Y se la celebra y comprende cuando viaja o cuando no viaja y en cada sobremesa o reunión social la nombran con ternura porteña sin olvidarse del marido.

Es una suerte que haya una parte de nosotros, que ya sanados sus nudillos de estropearse contra las puertas del corralito nos hayamos absuelto con cucharadas soperas de amnesia. Y de shopping. Y con la acrítica aceptación del relato incesante. Ese que nos mantiene en excitación de inminente guerra o colapso. Y que nos despierta con la agenda de estar en el infierno.


Tiene suerte la presidenta de tanta condescendencia. Aún se la sigue dejando que gobierne.


Orlando Barone
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Julio Grondona en su laberinto


El domingo no es tan tranquilo como anuncia esa chata larga y marrón que se mueve lentamente por el río. Hay un envoltorio de brumas en el mundo del fútbol, iguales a las que sólo dejan ver el contorno de la caseta del capitán del barco.

Julio Grondona, en su laberinto, en los días más tensos de su vida de dirigente del fútbol, parece inclinado a terminar con el engendro que él mismo concedió. Recostado sobre el poder del Estado, levanta su espada ante el grupo Clarín.

Después de tres lustros de negocios irreconciliables con la decencia, la AFA y la televisión del fútbol ponrían dirigirse hacia el fin de la relación este martes. El gobierno se haría cargo, lo cual de ninguna manera, como ya lo pretende la asustadiza oposición, debe implicar un gasto. En todo caso, un buen negocio para el Estado y para la gente. Una solución que debe ser nada más que un tránsito hacia otra definitiva, la cual es la licitación dentro de uno o dos años.

En estas horas, el Grupo salió a jugar fuerte. De todos modos, la improvisación y la falta de recursos alarma. En vez de argumentar, anuncia que se viene el cuco de los juicios que piensa hacer: pone en acción a personajes deficitarios de la política para que digan que el Estado tiene prioridades diferentes, que no puede gastar 500 millones en el futbol, y reportea a los capos de la tele poniendo en las preguntas las amenazas que los ejecutivos quieren que trasciendan a la opinión publica.

Para el lector no entrenado en estos temas, bueno es ofrecer alguna idea de cómo puede solventarse el supuesto gasto del Estado. La primera es el reparto de esos derechos a todo el mundo, más la publicidad, la venta al exterior y cuanto etcétera se quiera agregar.

La segunda es más innovadora y puede complementarse con la anterior. Hay que tomar, por ejemplo, lo que el Estado invierte en publicidad. La suma es increíblemente parecida a la que se puede pagar por el fútbol.

Ofreciendo el fútbol en canje por la publicidad en todos los medios televisivos del país simplemente cambia la forma de gastar el mismo dinero.

Clarín le respetó a Grondona lo que no es. Lo creyó leal, incapaz de traicionarlos, al menos, a ellos. Se equivocó, la paloma. Y se equivocaba también en no considerar lo que sí puede reconocerse en Grondona: un peleador nato. Eso sí es, a falta de atributos más ponderables.

Entonces, cuando empezó la discusión por el precio del fútbol, se ve que Grondona les dijo "miren que se nos fue la mano, esto se viene a pique, estoy quedando mal parado con todo el mundo, larguen un poco mas de plata". Se le rieron en la cara.

Fue justo cuando apareció el gobierno, el particular factor K, gente a la que hay que darle de comer aparte Y desde entonces, el margen de maniobra se estrechó para todos.

La buena noticia es que el futbol saldrá ganando. Ahora que este periodista está menos solo en la comprensión y denuncia del colosal negocio, puede decirse que el mismo ya es otro.

Hay que mirar hacia el próximo campeonato como cuando se camina por un repecho interminable, ya sin fe, y de pronto aparecen los primeros indicios de que, del otro lado, hay un futuro.


Víctor Hugo Morales
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